¿Qué tienen estos dramas mitológicos para movernos a su representación hoy en día, tan lejos como estamos de las condiciones en las que vieron la luz? ¿Por qué despiertan nuestro interés después de que hayan desaparecido todas las referencias de recepción con las que un selecto, minoritario y culto público contemplaba estas escenificaciones? ¿Qué se nos descubre en este peculiar género más allá de la profusión alegórica con que estos artefactos barrocos reinterpretaban a su gusto y conveniencia todo el corpus pagano de la mitología greco-latina?

La respuesta podemos descifrarla en unas figuras: Aquiles, Circe, Prometeo, faetón, Eco, Narciso…, que nos afectan desde el mismo lugar que nos estremecen Antígona, Edipo o Filoctetes. Esto es, desde una condición arquetípica en la que, paradójicamente, reconocemos una imperfecta y conmovedora humanidad. Una profunda conmoción que despierta en nosotros soterrados reconocimientos; firmes evidencias que entrevemos en la música, en la plástica, y en general en todo un lenguaje sensorial del que se impregnan unos versos que son ante todo, eso mismo: pura y gozosa materia sensorial: Teatro.

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Edipo y Antígona de Charles Jalabert

Nos encontramos en el reverso de la persuasión doctrinal contrarreformista: su afable contrafigura. El sueño wagneriano cristalizado con dos siglos de adelanto en el mismo espacio, en el mismo lugar en que ese otro monstruo del Alcázar llamado Velázquez solidifica el aire en la imposible tridimensionalidad de un lienzo clavado sobre un bastidor.

Temática mítica y sin embargo, teatro del presente, sin voluntad de mímesis: puro rito; celebración barroca, retablo de prodigiosas apariencias que entroncan con las ensoñaciones de un Nieva o de un Fellini. Dibujos sonoros en el espacio, formas que se trasmutan en el tiempo, inestabilidad del espacio de representación, la oscilación de las imágenes del calidoscopio; la naturaleza como un personaje determinante: drama telúrico; comedia de las más altas y bajas pasiones; relato mítico y vaticinio. Circularidad en espiral.

Estos mundos que aquí se presentan, parece decirnos el poeta, están en éste: sólo se requiere un teatro para descubrirlos.

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ERNESTO CABALLERO
Director del proyecto Astrea